No es un accidente histórico. Es una forma de entender el poder.
Hay estadísticas que dicen más sobre una civilización que cualquier discurso patriótico. Una de ellas es simple y brutal: en más de dos siglos de existencia, los Estados Unidos han pasado la inmensa mayoría de su historia en guerra. La paz, en comparación, ha sido una excepción breve.
En las últimas semanas, esa lógica volvió a mostrarse con una claridad inquietante. En medio de la guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán, el presidente Donald Trump afirmó que Washington debía intervenir en la elección del próximo líder supremo iraní. No era solo una declaración diplomática imprudente. Era una confesión ideológica: “Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad” (Hitler); eso mismo piensa Trump… Los demás, como el canciller alemán o Feijóo y Abascal… Lamebotas.
Hace más de dos mil años, el filósofo chino Confucio advertía que el verdadero poder político no se sostiene por la fuerza, sino por la legitimidad moral. Un gobernante —decía— pierde su autoridad cuando intenta dominar lo que no le pertenece.
Es una lección antigua, pero extraordinariamente actual.
Cuando una potencia se arroga el derecho de decidir quién debe gobernar en otro país, no está defendiendo el orden internacional. Está sustituyéndolo por una jerarquía imperial.
Y esa lógica suele encontrar su escenario perfecto en la guerra.
El conflicto actual en Oriente Medio ilustra esa dinámica. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ya ha provocado ataques, represalias y una escalada que amenaza con extenderse a toda la región. Los misiles cruzan fronteras, las milicias abren nuevos frentes y los mercados energéticos reaccionan con nerviosismo ante cualquier amenaza sobre el estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del planeta.
Pero incluso en medio de esa escalada militar, la declaración más reveladora no fue un misil. Fue una frase: la idea de que Washington debe influir en la sucesión política de Irán.
Confucio habría reconocido inmediatamente el problema.
Cuando el poder deja de reconocer límites, termina confundiendo autoridad con dominación.
Intervención como método
La política exterior estadounidense lleva décadas oscilando entre el discurso democrático y la intervención directa.
Ese patrón volvió a hacerse visible en enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses realizaron una operación militar dentro de Venezuela para capturar al entonces presidente Nicolás Maduro, trasladándolo posteriormente a territorio estadounidense.
La operación implicó bombardeos y el despliegue de unidades especiales, en una intervención que numerosos países criticaron por violar principios básicos del derecho internacional y de la soberanía estatal.
Para Washington, sin embargo, la lógica fue otra: la de la eficacia estratégica.
El problema es que la historia rara vez recompensa ese tipo de eficacia.
En América Latina, el siglo XX está lleno de ejemplos donde las intervenciones externas terminaron produciendo décadas de inestabilidad. En Oriente Medio, la memoria de Irak, Afganistán y Siria sigue siendo demasiado reciente para ignorarla. A esa lista se suma hoy la tragedia de Palestina, donde la guerra en Gaza ha provocado más de 50.000 muertos, entre ellos cerca de 20.000 niños, una cifra que ha conmocionado a la comunidad internacional y ha reavivado el debate sobre los límites morales de la guerra contemporánea.
La pregunta que queda en el aire es sencilla: ¿cuántas veces puede repetirse el mismo experimento antes de admitir que el resultado nunca cambia?
Evitar lo inevitable
Hay otra dimensión del conflicto que rara vez aparece en los discursos oficiales.
El petróleo.
La guerra en torno a Irán ocurre en una región que concentra algunas de las mayores reservas energéticas del planeta y controla rutas estratégicas por donde circula una parte significativa del comercio mundial de crudo. Cada escalada militar en la zona altera inmediatamente los mercados energéticos globales.
Pero la disputa energética es también geopolítica.
En las últimas décadas, el ascenso económico de China ha reconfigurado el equilibrio global de poder. Pekín se ha convertido en el mayor importador de energía del mundo y en el principal competidor estratégico de Washington.
Controlar —o al menos influir— en las regiones que concentran petróleo sigue siendo una herramienta de poder decisiva.
La operación militar estadounidense en Venezuela y la actual confrontación con Irán no pueden entenderse completamente sin ese contexto energético y estratégico.
El control del petróleo que termina comprando China, aunque suponga dejar chavistas, acordar con dictadores de Arabia Saudí y terminar poniendo un nuevo ayatolá.
En otras palabras: no se trata solo de conflictos regionales.
Se trata de una potencia intentando ralentizar un cambio histórico.
Confucio también tenía algo que decir sobre eso. Cuando un gobernante lucha desesperadamente contra el curso del tiempo —advertía— termina revelando su propia debilidad.
Quizá por eso la política exterior estadounidense parece cada vez más dominada por una paradoja: una superpotencia que intenta impedir lo que la historia raramente permite detener.
El ascenso de una nueva potencia: China
Con un Presidente Chino: Xi Jinping. Que además de ser marxista es un enamorado de la concepción del “buen gobierno” que inspira Confucio, una visión moral y ética que trasciende lo político o lo religioso.
Y la lenta, inevitable redistribución del poder mundial.
Blas Ballesteros Sastre- Abogado y Politólogo



